A José Segade y Rosario Escalante, mis bisabuelos.


©Norma Segades - Manias
Julio, 1990
Mención de Honor
Certamen Municipalidad de Santa Fe (1990)

Imagen de tapa: Detalle Óleo "El pasaje", de María Victoria López Severín.

Epígrafe.

“Tu paso es una llaga
sobre el rostro del tiempo”.
Olga Orozco

Dedicatoria.

A José Segade y Rosario Escalante,
mis bisabuelos.

Presentación.

Estos poemas hablan de un exilio,
de un sueño adolescente
que desde el desarraigo,
me legó su recuerdo,
las letras de su nombre entre cipreses,
harapos de ternura palpitante
y la huella obstinada de su estirpe liberando olivares polvorientos
en la antigua memoria de mi sangre.

Prólogo.

No es fácil leer a Norma.
No es fácil porque hay que recorrer una a una sus palabras como si fuera la piel de un amante recién estrenado, con calma, tratando de descubrir en cada pliegue, en cada arruga, en cada caricia, un ser nuevo, lleno de significado.
No es fácil porque hay que ser osado, atreverse a traspasar el umbral de sus imágenes, de sus fragancias, atreverse a destapar la caja donde oculta su cometa de esperanzas y de sueños.
Su libro “La memoria encendida” está construido sobre riscos y vendavales. Naufraga y sobrevive. En él nos ofrece la tristeza profundísima de sus ancestros y la revive, una y otra vez, hasta extenuarse. Nos habla del porqué y del cuándo, de pasados de pesadilla y soledades, de exilios voluntariamente olvidados, de presentes ciegos, de un ir y venir nómada, de un peregrinar por océanos de pobrezas y supervivencias.
Nos habla, Norma, del ayer, para hablarnos del hoy, que no cambia.
Nos cuenta de aldeas lejanas, de tragedias personales, de rostros perturbables, de existencias mutiladas.
Nos habla de empezar a construir de nuevo las mañanas con la argamasa de la inocencia.
“La memoria encendida” nos lleva a recorrer, palmo a palmo, la geografía antigua de nuestras propias vidas, reconstruyendo, con fiereza, la mirada tosca del hombre que supo amar y recordar hasta la muerte.
Habla Norma del dolor, desde muy adentro, desde el origen del ser humano, desde las trenzas niñas, desde el recuerdo amargo, desde la almohada estéril de las vigilias.
Es difícil esta poesía, insisto, porque a todos se nos quedaron, en algún lugar, los sueños de la tierra prometida y hoy tenemos, como legado, el ejemplo de muchas vidas forjadas a golpes de pan, de caricias y de injusticias.
Es difícil porque no deseamos reconocernos en ese espejo atormentado.
Es difícil porque nos habla de alguien que vivió con la mitad de sí mismo, de alguien que tuvo dos países, dos lenguajes, dos memorias. Habla, en definitiva, de los héroes cotidianos, de los que se quedaron mirando a través de la ventana en espera del retorno o de los triunfos conquistados.
Nos habla de fracturas, de desgarros, de no ser nadie y, al mismo tiempo, serlo todo, si se lleva para siempre a cuestas la memoria.
Así, pues, Norma nos presenta a su héroe con la dignidad a ratos hecha pedazos, sin riquezas ni regresos, pero, al mismo tiempo, nos muestra como, a pesar de todo, la ternura no sufre nunca el abandono, no queda desamparada en su rincón de muerte sino que, por el contrario, reconquista la mirada de los que no tuvieron suerte.

*
Pienso que, con estos versos, Norma nos ayuda a comprender de qué materiales estamos hechos: de derrotas, paciencias, memoria, destierros, sueños, silencios, amores y mordazas.
Pienso que, con estos versos, Norma nos regala una porción de su historia que nos ayuda a entender la tragedia de aquellos que, hoy, desandan los pasos de sus ancestros para revivir, en la tierra prometida, en este Occidente de asco, los mismos desarraigos que heredaron.
Pienso que, con estos versos, Norma hace justicia, saca a la luz los recuerdos, los muestra tal cual fueron, les pone rostro, nombre y apellidos y, después, se va a volar su cometa de esperanzas, a soñar con presentes de pan y futuros sin éxodos ni desarraigos.

Silvia Delgado Fuentes
(Euzkal Herria)

A manera de prólogo.

Ni las velas al viento
ni un puñado de barcos

ni corceles de muerte en las arenas
ni el ávido aguijón en los ijares

ni alabardas agudas agitando pendones
ni corazas compactas
ni sombras de morriones oxidados

ni arcas voraces
ni puñales sucios
ni racimos de cruces implacables

ni la sangre perdida para siempre
ni el idioma robado.

Esta es la historia fiel de otra conquista

de ciegas migraciones incesantes
sin cédulas
ni crónicas
ni filos,
sin cantos erizados.

De anónimas derrotas omitidas
que enarbolaron sueños a mansalva
para anudar los cabos de la vida
ante el reverso cruel del desarraigo,

de fracasos desnudos,
de fatigas
legándonos sus soles de nostalgia,

los ecos de sus voces desde el tiempo
y el nombre de su estirpe
retoñando
en medio del dolor y el desamparo
sobre todo si aún somos la memoria encendida,
si aún acude a los párpados
el incendio de jarcias y velámenes
iluminando el cielo
en el ocaso,

sobre todo si no sabemos dónde
se diluyen los huesos primordiales...

qué tumba,
qué terrones,
qué rocíos
acunan su silencio amortajado.

La llamada en la zarza.

Después del olivar

aullaba el viento arañando mi nombre en la distancia,

rondaba los perfiles de las breñas como algún lobo hambriento que babeara,
por los flancos heridos de la noche,
los goterones sucios de su rabia
y jadeara un aliento a cielos nuevos
y hundiera
entre las fauces homicidas
los muñones sedientos de las tapias.

Aullaba el viento por las ramas rotas con agudas endechas desdentadas,
con silbos de cuchillos,
con relámpagos,

con voces de siniestras telarañas invocando poderes,
talismanes,
rituales de palabras en hilachas
o capturando sombras moribundas junto a un anillo
exhausto
de fogatas

mientras
el alto espectro de la luna
engendraba en los cálices de greda,
en regazos de piedras ateridas,
en grietas hacia el alba,
la desnudez antigua de su ausencia,
sus pálidos abismos melancólicos,
la delgada ceniza de su entraña.

Después del olivar

sólo el aullido

y el esqueleto cruel de los guijarros
y esa cierta osadía sin compuertas encendiendo la sangre y las plegarias
y las secas ofrendas
y los cardos

y el círculo del pozo que no hollaba
y los firmes cayados del silencio azuzando reclamos de majadas
y aquel sueño apremiante,
sedicioso,
aquel sueño de espiga agazapada afilando sus ríos amarillos para ir,
destino adentro,
a seccionar la piel de sus amarras.

Hollar la lejanía.

Junto a un olivo
áspero y sediento
desterré sus pupilas desvalidas,
su figura enlutada

y esa tristeza aguda,
de llovizna,
anidando en los pliegues del rebozo
colgando en la puntilla de su enagua.

Estaba ebrio de soles,
de horizontes,
ávido de follajes y esperanza,
harto del viejo aroma a niebla y humo,
a callejas sin nadie,
a los viejos terrones moribundos bajo viejas azadas.

Me llamaba la ausencia
desceñía los cauces de mi sangre desgajada
y enarbolaba filos de promesas para acallar gemidos de raíces
y comenzaba a hollar mis lejanías con esquirlas de luna en la mirada

con hatillos de sueños en el pecho
con todo su dolor
sobre la espalda.

Madre del viento norte en los olivos,
de nieblas
y molinos
y agua clara

detenida en la orilla del camino sin pronunciar palabra.

Tan sólo el desamparo de su mano
quebraba los perfiles transparentes de la tarde cansada
cuando en la hondura azul de su silencio

se me olvidó la infancia.

Destierro de los sueños.

Un graznido desnudo
indiferente
encendía los cálices del alba,
astillaba vitrales en la espuma con su látigo hambriento,
comulgaba inocencias escamadas.

En la antigua vigilia de los mástiles se extraviaban la luz y la distancia
y las yeguas del agua,
enceladas de invierno y viento huraño,
sacudían su furia planetaria,
piafaban en el seno de las piedras,
embestían los muelles,
destilaban vapores por los belfos de escarcha.

El éxodo,
salvaje,
abría oscuras fauces averiadas,
mordía con colmillos como espinas
y deglutía rosas de silencio hacia el estricto erial de sus entrañas.

Las lenguas sucias balanceaban proas,
enmudecían sones a las gaitas
y un cardumen de sal en movimiento
enmarañaba herrumbres sumergidas contra las viejas barcas.

Aterida de olvido y lejanía
mi memoria labriega hacinaba el idioma de terrones
y peñascos raídos
y campanas
mientras
desde las sombras malolientes
sus duras cicatrices desgarraban el miedo
entre las dársenas.

Higueras sin raíces.

Ferruginosos gritos de metales acunaban imágenes opacas,
taladraban tinieblas con mis ojos
en esa noche que engendró mil noches
eternamente iguales
junto al miedo punzante de otros rostros.

En el útero ciego,
en la sentina,
el verde era una ausencia aguijoneando lunas sin cerrojos

hacia un amanecer de harina mansa,
de soles turbulentos,
de ternura de adobes,
de frescura de pozo,

de puños sumergidos
preñando,
entre hendeduras de rocío,
los racimos de polvo

Duras hebras de higueras sin raíces lamían agua negra,
despeñaban sollozos,
decapitaban grillos,
quebrantaban los muros del insomnio y,
en las secretas pieles de la sombra,
ensangrentaban cuerdas de guitarras con gemidos furiosos.

Despiadadas arañas de ceniza capturaban,
con su saliva espesa,
los silencios anónimos

y un estambre de sueños fugitivos peregrinaba huellas migratorias
tras los estigmas
largamente azules
de un martirio remoto.

El reino prometido.

Era ancho,
iluminado,
un reino horizontal e interminable como largos crepúsculos de lluvia,
una muralla verde junto al río
y un vendaval de trinos estremeciendo el aire con su hoguera madura.

Sobre el agua,
rebelde,
fulguraban antorchas aliladas desandando los ecos de la hondura,
encrucijando sendas de intemperie
y encendiendo follajes impacientes en mis venas nocturnas.

Delirante de sauces,
de riberas,
resbalaba en las voces del espino,
deshilaba canciones y guitarras,
me embriagaba de luna,
compartía rodajas de nostalgia y zozobraba bajo las estrellas
en los umbrales de esa greda oscura donde una noche,
en medio de la noche,
sepulté el olivar
y los zagales violentando la niebla cenicienta con su figura enjuta

y el arroyo saltando en los peñascos
y el cielo
y las higueras
y las tumbas

y los rediles rotos
y aquel duro llamado que iba tejiendo el viento
por las astas desnudas.

El pan de la alianza.

Apenas presagiaban los sonrojos la soberbia agudeza de los gallos
mi cuerpo resbalaba hacia el silencio

con un silbo cautivo entre los dientes
y los sueños ajados

y los ojos,
duros como aldabones,
llamando en cada pueblo,
cada calle,
cada puerta cerrada a sus secretos,
cada ventana al sol,
cada candado.

El cielo no cernía sus harinas ni amasaba los panes si mis manos,
mis manos obstinadas,
no encendían los pactos,
las alianzas,
no atrapaban las hebras del ladrillo
desnudo
y colorado
aturdiendo,
con voces alfareras,
las cornisas endebles del andamio,

no regaban los huertos,
cavaban las acequias,
amputaban ramajes a las vides en los sombreados patios.

Jornalero del alba,
desvelado,
desandaba los días,
emergía de tantas intemperies fragmentadas
con sólo soledad en el hatillo,
sólo la soledad para el cansancio,
sólo la soledad para la búsqueda por la cintura sucia del centavo

y tu recuerdo
madre
y tu recuerdo

acechando mis pieles al ocaso.

Mensaje hacia el silencio.

San José del Rincón,
cuatro de enero.

Querida madre:
todo es tan hermoso que me parece un sueño.
Detrás de los cristales empañados transcurre el Ubajay,
verde y profundo,
arrastrando sumisos camalotes al destino final de su silencio.
Una calandria canta en la espesura.
Llega,
desde las islas,
un mugido sin dueño.

Hoy cae una llovizna
casi llanto
mojando levemente las callejas de arena.

El verano se ha abierto.

Se derrama su aroma generoso como un fruto maduro que,
algún niño,
ha cortado del huerto.

Sepa usted que la quiero más que a nadie,
que guardo mi jornal para traerla
y que todas las tardes la adivino sentada junto al fuego,
zurciendo las urdimbres desgastadas de los vestidos viejos.

El vuelo perezoso de una garza cruza por mi rectángulo de cielo.

Tenga paciencia,
madre,
no falta mucho tiempo.

Surcos en la espuma.

Terquedades labriegas
fueron hendiendo huellas tumultuosas en la espesura fértil de los ríos
desangrando mil surcos empinados
que morían de espada en las orillas agobiadas de limo.

Espolones de proa,
sin sosiego,
aplacaban la furia de terrones en la cristalería del rocío,
agrietaban las cáscaras de espuma,
derribaban las olas combatientes,
desandaban caminos.

En el martirio lento del carbón gemían espirales de silencio,
callaban los abismos

y yo quemaba todas las palabras,
navegaba crepúsculos de vino.

Y cuando la agonía de limones
trepaba en mis arterias como un hueco de aullidos,
en el templo del agua enmarañada,
ante enjutos biguás sacerdotales invocaba mi nombre y apellido

hasta ser una herida en la memoria,
un harapo en el viento,
una agonía,
unos ojos de luna equivocada
congregando murciélagos de olvido.

Desde el olvido.

Torrenciales follajes de recuerdos
acechaban muñones de memoria desde el collar,
enceguecido en nieblas,
que enmarañaba el tiempo de la ausencia y amortajaba costas.

Centinelas de fuego resurrectos por ráfagas remotas,
las corolas resecas de mis sueños
ocultaban derrotas encendidas en vértices de sombra,
emborrachaban naipes agredidos,
ahogaban carcajadas malolientes,
sepultaban espesos aluviones de ortigas encrespadas en caderas rabiosas.

El olor del olvido
vedaba laberintos sin salida sobre la estela abierta,
agonizante,
que estrangulaba espumas en la popa.

Largas lenguas de luz,
a la deriva,
cortaban mis amarras de nostalgia con sus esquirlas de raíces rotas
y sitiaban los rasgos de mi sangre
las centurias de soles polvorientos calcinando techumbres labradoras.

Entonces,
por el parto de mis lágrimas
frenéticos colmillos de farolas desandaban los días del olivo,
aturdían cencerros en las rocas
y mi mano desnuda adelgazaba ocasos entre una agorería de luciérnagas
habitando la génesis del nombre bajo una luna,
eternamente roja.

Fuego bajo la piel.

Desde el misterio de sus ojos negros,
ecos de lava herida enmudecían sílabas de escarcha,
conmovían mi pulso prostituido,
violentaban los párpados huraños,
liberaban torrentes de cerrojos,
agrietaban murallas.

El roce de su piel sobre mi mano
taladraba la espera
en un ancho llamado de campanas

y sólo fui un acoso de mantillas,
un silencio cautivo ofreciendo sumiso la bendición del agua.

De los desnudos hilos de las hierbas,
de inquietudes de río,
de firmeza de tierra americana,

en la fragua encendida del herrero,

junto a una luz
salvajemente blanca,

forjé una antología de ladrillos
para erigir la casa.

Detrás de los azahares,
entre roncos gemidos de colmenas y lunas
recorrí
poro a poro
su vergüenza,
su transparencia intacta

hasta que el estallido de la sangre trepó por los suspiros desgarrados,
por viscerales fugas de secretas arañas,
por remotos desiertos sin fronteras,
por resecos enjambres de gargantas
hacia la eterna sed de esta ternura
que me legó su vientre de paloma donde anclar mi espesura de raíces
y fundar la esperanza.

Estirpe de ternura.

En la fragante hondura de sus trenzas la noche enmarañaba enjambres negros
y se ahogaba la luna,
inocente
y descalza,
sobre la fina seda de su cuerpo.

La risa de velamen despeinado en las lenguas salvajes de los vientos
era un gajo de sol,
una cascada rompiéndose en el borde de las piedras
y cayendo después
como llovizna
por la dura raíz de mi silencio.

Aturdía la casa con sus manos,
con el hilo
y la aguja
y las harinas floreciendo en el pan desde el esfuerzo,
con el verde linaje del geranio repetido en los tiestos,

con la áspera obediencia de toronjas desgarrando dulzuras escarchadas
por mandato del fuego,

con su voz transparente,
con sus ojos,
con sus párpados casi avergonzados
ocultando la sed de sus misterios,

con sus labios de lava
o de rocío
fecundando los besos
que iban deshilachando la ternura hasta agrietar los cuencos
donde ardía,
sin pausa
y para siempre
el aluvión tenaz de mi deseo.

Sobre los musgos ciegos.

Tropezaba el verano en las higueras.
Se caía,
de bruces,
por las calles
agobiadas de insomnios y sudores,

resquebrajaba el vientre a los granados,

acechaba,
detrás de las glicinas,
laberintos de umbrosos corredores.

Las persianas de junco,
maniatadas,
custodiaban
celosas
el desnudo letargo de balcones

y
junto a la vereda de ladrillos,
con los morros jadeantes y sedientos,
desataba su furia el viento norte.

Los filos del presagio herían la siesta,
excavaban los ecos del silencio,
enarbolaban voces,

oxidaban bisagras solitarias que llamaban mis pasos hacia el huerto
donde el aire agitaba la memoria de ingenuos jazmineros,
aturdidos por astillas de soles

para dejarme así,
desamparado,
detenido sobre los musgos ciegos que mutilan las pieles y los nombres

una estatua de sal frente al visillo
mirando esa figura arrebozada alejarse
despacio
entre las flores.

Carta desde la niebla.

Estimado José:
Caía la noche por los bordes rotosos del barranco.
Yo regresaba
a pie
desde la ermita.
En los abrevaderos del silencio
una luna redonda y amarilla extraviaba presagios.

La puerta estaba abierta.
A la luz de la lámpara
tus ojos
me miraban sonrientes desde viejos retratos.

Hacia el rincón herido por las sombras
un grillo estridulaba
la endecha miserable de su llanto.

La llamé varias veces.

Fragmentos de rocío rompían su destino de corolas
sobre el áspero sueño del tejado.

El viento de la sierra,
en remolinos,
arrancaba las hojas de la hiedra con oscuros zarpazos.

Hacía mucho frío.

Parecía dormida junto al fuego en su sillón de esparto.

Sobre el regazo,
inmóvil,
una extraña tristeza de jazmines
arracimaba ausencias
desde el tiempo vacío de sus manos.

Las huellas de mi nombre.

Trepado a las almenas de mis miedos,
en esa soledad de los presagios que quebraba horizontes,

el viento era un caballo sin jinete
galopando tinieblas insepultas entre muros de adobe.

Por abismos con sangre como espinas,
su cintura de espuma molinera acunaba temblores ,
contenía los ritmos de la luna y,
en la tardanza de sus pasos quedos,
un alfabeto desbocado en humo perseguía las huellas de mi nombre.

Hasta que la distancia fue la arena diseminando un tiempo de cristales
y penas y cansancios y aguijones.

Hasta que en las heridas del silencio,
la sombra fue un engaño del azogue.

Hasta que de las grietas en la arcilla,
entre estambres de fiebres erizadas,
brotó un gemido agudo,
un delirio salobre.

Del grito de su grito en agonía,
en olas sin retorno,
un llanto de ceniza pedigüeña encendió torbellinos de faroles

y un aroma a olivares florecidos se deslizó
en el hueco de sus muslos
por anillos abiertos en la carne amarilla de noche.

Después,
entre las manos que aquel sueño reservara a los surcos y a la espiga,
sostuve el desamparo de mi casta sobre la cama pobre
y en las redes oblicuas del tejido,
deposité la boca balbuceante
junto a henchidos racimos de pezones.

Las hogazas maduras.

Porque el mantel cantaba en la cocina
con sus lenguas de urdimbres agridulces y vinos derramados,
porque el agua del pozo henchía las jarras
y su frescura modelaba cuencos ávidos de ciruelos y damascos,

y la hogaza de pan estaba plena

y las rodillas
ebrias de terrones
despeinaban la piel de su cansancio

y el bulllicio trepaba a los tapiales,
impacientaba siestas,
asediaba el verano

y el río,
el viejo río,
desde el puerto,
desgranaba un horario de cereales

y su cintura de coraje y musgo profundizaba aquella magia antigua
con hebras de su sangre detenida
y lunas de geranio,

porque el ayer se suicidó de ausencia,

porque la muerte amordazó las cartas,

porque nadie,
en el pueblo,
recordaba mi exilio solitario

aquí,
hacia el final de mi camino,
junto a un rosario interminable de islas,
en la errante cabina de los barcos,
silencié los rituales del silencio,

enarbolé
a mansalva
el desafío

y a dentelladas de ternura y viento
cercené mis oscuros calendarios.

Holocausto del viento.

Las fiebres eran ácidas.
Sobre su piel de insomnios y delirios,
remolinos de fuego amotinado lloviznaban violencias de temblores,
hincaban aguijones de condenas amargas

y en la espera
agrietada por collados de lenguas andrajosas,
negras copas de voces como espinas
suplicaban el agua.

La antigua sombra antigua entre las sombras desgreñaba su polen de cristales,
afilaba perfiles cenicientos,
desvelaba las lámparas,

congregaba miradas de miedos en desorden,
retenía su pulso desvalido con ramajes de garras.

El hijo que viajaba en su agonía la hechizaba con lunas transparentes,
la desterraba al hueco de su entraña,
la llevaba hacia sí,
médula adentro,
deshabitando un sueño de amapolas por submundos de larvas.

Y derivó en su sangre a la deriva,
hacia donde el silencio mutila las raíces de todas las palabras,
hacia abismos de esperas sin memoria,
hacia la luz naranja del origen,
hacia el azogue de ojos amarillos que devora distancias.

Por la desnuda huella del misterio la muerte era una arista,
un contraluz de párpados abiertos,
una certeza,
un llanto,
una plegaria,
el eco de un jadeo sin destino
y un aroma a violetas encendidas destrenzando sus trenzas

en la almohada.

De vino y soledades.

Como hormigas o musgos o intemperies,
como higueras agrestes,
trepaba su desnuda lejanía las secas estructuras del misterio

y su sombra era un grito de ceniza,
una huella en la hierba,
un dolor amarillo llamándome en el viento.

Para destruir su exilio agazapado,
entre las hierbas rotas del silencio que hilaban mis despojos de cordura,
entre las llamas ebrias de mi infierno,
entre furias de niebla acibarada
y aullidos
hacia el flanco de los truenos
mi pena,
estremecida de nostalgia,
recorría crepúsculos sin tiempo.

Entonces,
por la sangre,
por los huecos,
inhabitando un aire de cipreses,
su imagen de ternura espiralada desandaba los pasos polvorientos,
encrespaba las uñas del sollozo
y rasgaba los bordes de la luna en las fauces abyectas del espejo.

Prisionero de vino y soledades,
en el mapa agrietado de mi lecho,
noche a noche buscaba su comarca de besos borrascosos
y arcilla como fuego.

Condenado a la vida por la vida,
reclamaba extinguidos calendarios,
transgredía los cauces del regreso
y mutilaba urdimbres de memoria con astillas de sueños.

Encuentro con la vida.

Abdiqué de mi Dios.
Recluí los sueños en la desolación de mis tinieblas,
renuncié a su crueldad omnipotente,
deserté a sus rituales,
a sus voces,
desvarié en el umbral de las sospechas.

Presentía,
escondida entre mis miedos,
la lumbre de la vida,
sus cauces en desorden,
sus hogueras,
su ejército de risas erizadas
sitiando la alta torre de mi pena.

Encabritada y loca,
aguda y loca,
áspera como el viento en las higueras,
desnuda,
cotidiana,
sediciosa,

inaugurando soles combatientes sobre mi matorral de lunas ciegas.

Y una noche de junio en que el invierno desceñía la herrumbre en las veletas,
acechando la piel de mi cansancio,
mi torpe desaliño de hombre solo,
mis manos soñolientas,
nació,
desde la sangre de mi sangre,
su mirada pequeña.

No quise bautizarla con su nombre,

era nombre de sombras
y de ausencias

pero amé aquel aroma a leche y briznas,
su absurdo balbuceo,
sus caricias,
y el eco transparente de su enfado quebrantando paciencias.

La memoria encendida.

Por mis labios ajados,
por mis manos,
por mis mundos secretos,

la sangre de mi sangre,
repetida,
acechaba su nombre en los espejos,

perseguía las huellas del otoño en la alfombra crujiente de los fresnos,
guardaba la cintura de los lagos,

cruzaba
con canoas perezosas
hacia las islas donde nace el duende que cuida de las siestas
y los pájaros ciegos

recorría los parques,
los crepúsculos,
el arco de los puentes hacia el río,
los vacíos andenes polvorientos,
las casonas de adobe,
los vitrales,
las ojivas de templos solitarios deshilachando incienso

y tatuaba los ritos del paisaje sobre la vasta piel de su memoria,
sobre su orgullo de ceniza y viento.

Le legué las raíces,
cada día,

la encadené a los muslos de la tierra,
a su oscuro lenguaje,
a su silencio

para que no cargara en sus insomnios la inflexible condena
de habitar las entrañas de un exilio clandestino y tenaz,
amargo y lento

para que no olvidara sus estrellas,
su filiación de sol,
sus laberintos,
su latitud de lluvia en los esteros

para que,
en el instante en que los sueños
clavan en los desnudos calcañares sus mordiscos famélicos
no canjeara su luna,
su nostalgia,
sus rincones de agravios,
sus recuerdos,
por la promesa ardiente de ser otra bajo el párpado,
seco,
de otro cielo.

En las pieles del alba.

Un concilio de lámparas perdidas desmadeja su pulso de cristales,
su torpe simulacro de finas transparencias,
sus sombras como zarpas,

invade el esqueleto del sollozo,
desliza lenguas de humo soñoliento entre racimos de fatiga amarga,

suspende rosas grises bajo la angustia seca de la luna,
libera las vigilias taladradas.

Más allá de este ahogo,
esta agonía,
este estertor tajante que desgarra,
eriza el cáncer sus paisajes ciegos de jirones y llagas

y en las pieles del alba

roncos ecos de cuernos pastoriles merodean la pena de los sauces
que acaso
ni presienten los pasos sigilosos de la ausencia
afilando
en rincones subterráneos
los mellados perfiles de sus dagas.

Desde los almenares del delirio,
los olivos,
acérrimos,
extienden su espesura de nostalgia

y centurias abruptas de peñascos,
entre anillos de olvidos y distancias,
confiscan el aliento de mi muerte,
su desorden de ortigas miserables,
sus médulas de lava.

Solo con mi dolor,
con mi silencio,
huello mis propias huellas desvalidas sobre la arena intacta.

Un aroma a violetas,
palpitante,
preludia su presencia en el rocío,
deshabita las letras de mi nombre,
alucina un enjambre de fogatas

y el delgado jadeo de mi sangre,
por oleajes de fiebres insurrectas,
remonta la memoria de la estirpe hasta la edad del trueno,
de la lluvia,
de la tierra encrespada,

hasta la antigua voz de las vertientes,

hasta el rostro,
encendido,
de las máscaras.

Acerca de la autora

Acerca de la autora
Palacio de las Bellas Artes - México DF (2003)

Biobibliografía

Norma Segades Manias, Santa Fe, Argentina, 1945. Ha escrito *Más allá de las máscaras *El vuelo inhabitado *Mi voz a la deriva *Tiempo de duendes *El amor sin mordazas *Crónica de las huellas *Un muelle en la nostalgia *A espaldas del silencio *Desde otras voces *La memoria encendida * A solas con la sombra *Bitácora del viento *Historias para Tiago y *Pese a todo (CD) En 1999 la Fundación Reconocimiento, inspirada en la trayectoria de la Dra. Alicia Moreau de Justo, le otorgó diploma y medalla nombrándola Alicia por “su actitud de vida” y el Instituto Argentino de la Excelencia (IADE) le hizo entrega del Primer Premio Nacional a la Excelencia Humana por “su meritorio aporte a la cultura”. En el año 2005 fue nombrada Ciudadana Santafesina Destacada por el Honorable Concejo Municipal de la ciudad de Santa Fe “por su talentoso y valioso aporte al arte literario y periodismo cultural y por sus notables antecedentes como escritora en el ámbito local, nacional e internacional”. En 2007 el Poder Ejecutivo Municipal estimó oportuno "reconocer su labor literaria como relevante aporte a la cultura de la ciudad".

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